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lunes, 1 de octubre de 2012

La economía detrás del robo de bicicletas

El pasado verano me robaron la bici en Madrid, la tercera en los últimos ocho años. Mi caso está dentro de la estadística: raro es el ciclista urbano que logra conservar su bici más de tres años. Robar bicicletas es uno de las felonías más ruines que puede cometer un ladrón, como ya demostró hace 65 años Vittorio de Sica, así que vamos a aparcar (en un parking vigilado) los aspectos morales del asunto para centrarnos en los económicos, que también tienen su miga.
¿Por qué se roban bicis? Bien, la respuesta es evidente: valen dinero y son relativamente fáciles de robar. Ahora bien, ¿por qué se roban tantas bicis? “La posibilidad de que te hurten una bici es tres veces mayor a que te hurten un coche o una moto”, afirma en Público Pedro Malpica, sociólogo de la Universidad de Sevilla, a falta de estadísticas policiales. En España se roban muchísimas bicis, pero lo mismo sucede en Europa o en Estados Unidos: se trata de una plaga mundial contra el medio de transporte más limpio y eficiente en ciudad.
Unos colegas míos en esto del ciclismo urbano y la blogocosa, el excelente Priceonomics, han analizado el robo de bicicletas desde su vertiente económica. Al fin y al cabo, los delitos contra la propiedad son una actividad económica más, por más que sean ilegales y, salvo excepciones, moralmente reprobables. En consecuencia, el ladrón de bicicletas hace un cálculo, teóricamente racional, entre el riesgo asumido y el beneficio obtenido al mangar una bici. El resultado está expresado en esta ilustrativa gráfica: aunque el beneficio económico no sea altísimo, lo cierto es que el riesgo de que te pillen es tan bajo -y el castigo tan leve- que merece la pena “invertir” en este sector:

¿Qué pasa con las bicis robadas? Las conclusiones de Priceonomics no son muy distintas de las que he constatado en la búsqueda (infructuosa) de mi bici robada: si te la ha robado un aficionado, digamos un yonki con una apremiante necesidad de panoja para agenciarse un boleto a su efímero paraíso artificial, lo más probable es que la venda en la calle por un precio ridículamente bajo: por ejemplo, 50 euros por una bici de 400 (como mi añorada Nishiki). En caso de que sea un profesional, puede que la revenda en un Cash Converters, cómplice silencioso de este nicho de mercado, como me reconoció la Policía o, con mayor probabilidad, la venda en Internet por un precio aceptable, el 60 o 70% de su precio original. Tal y como lo expresa crudamente uno de los entrevistados en el artículo de Priceocomics:
Las bicis son uno de los cuatro commodities en las calles: dinero, drogas, sexo y bicicletas… Virtualmente, puedes intercambiar unas por otras”.

¿Qué opciones tenemos los ciclistas ante los miserables ladrones de bicis? La más evidente: utilizar mejores sistemas antirrobo, una perogrullada que también tiene sus peros. Los ladrones profesionales de bicicletas suelen dotarse de equipamiento high-tech para levantar las bicis. Por ejemplo, un antirrobo en U, imposible de cortar con cizalla o radial puede abrirse de un martillazo tras impregnarla de nitrógeno líquido, como si fuera el T-1000 que hacía la vida imposible a Terminator.

Otra opción es dotar a las ciudades de más aparcamientos para bicis y, adicionalmente, permitir el aparcamiento dentro de los recintos, donde a veces se prohíbe el acceso en bici por el mismo motivo que se prohíbe jugar a la pelota en las plazas de los pueblos: por el gusto de prohibir algo. La alternativa urbanística sólo se puede barajar en ciudades civilizadas, lo que excluye automáticamente a Madrid, donde para las autoridades el ciclista es una simpática rareza, ideal para decorar los escenarios virtuales de proyectos utopistas, pero un sospechoso estorbo en la vida real.
Una tercera posibilidad es aumentar el “precio” del delito, para disuadir a los chorizos a trabajar ese segmento. En la gráfica se aprecia cómo el “coste” del secuestro es tal -en términos económicos, logísticos y penales- que pocas veces resulta rentable, a pesar de su fuerte beneficio económico. Ahora que el exalcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, es ministro de Justicia tal vez sea el momento de que repare su histórico desdén hacia la bici en la capital, por ejemplo reformando el Código Penal. Yo sugiero que los ladrones de bicicletas sean condenados a llevar a caballito a sus víctimas durante un año. Por felones.

Visto en cookingideas.es

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