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miércoles, 20 de febrero de 2013

La fórmula de Laszlo Polgar para construir genios

László Polgár era un joven pedagogo húngaro que tenía la intuición de que los genios no nacen, se hacen. Estudió hasta la obsesión las biografías de cientos de personajes relevantes de la historia, y creyó ver dos características que se hacían comunes en la mayoría de ellos: la estimulación y la especialización desde que eran pequeños. Plasmó su visión en un libro, titulado Bring Up Genius! (Criar genios), en el que describía todo un método educativo con el que se podían mejorar las capacidades y la inteligencia de los niños.
Probablemente pensó que las teorías valen de muy poco si no se llevan a la práctica, así que buscó a una mujer que tuviera sus inquietudes y que quisiera realizar su método. La encontró en Klara, una profesora ucraniana con la que se casó en la Unión Soviética. En cuanto nació su primera hija, Zsuzsa, comenzaron el que es, probablemente, el experimento educativo más fascinante de toda la historia.
A Zsuzsa la educaron en casa usando el esperanto como lengua madre. Acudía al colegio puntualmente una vez al año, para hacer los preceptivos exámenes. Al principio, sus progenitores la intentaron especializar en matemáticas, pero Zsuzsa un día descubrió un ajedrez, al que su padre era muy aficionado.
László, viendo el interés de la niña, comenzó a entrenarla, a acumular libros y a estudiarlos. Llegó a crear, incluso, una biblioteca de 10.000 volúmenes sobre el tema. Los resultados no se hicieron esperar: ganó todas las partidas del Campeonato de Bucarest para niñas menores de 11 años cuando solo tenía 5.
A partir de aquí, su carrera fue fulgurante. Con 15 años era la mejor ajedrecista (femenina) del mundo, y poco tiempo después se ganó el derecho a competir en el campeonato mundial masculino. Sin embargo, la discriminación de las leyes y el bloqueo del bloque comunista, que le impedían a menudo viajar o concurrir a los mejores torneos (por aquél entonces, solo para hombres) le impidieron participar en él.
Con 5 años de diferencia nació su hermana Zsófia. Por descontado sus padres le aplicaron la misma metodología educativa, y, de nuevo, los resultados fueron espectaculares. En 1989, con 14 años, participó en el Torneo de Roma, un evento en el que competía junto a la entonces casi imbatible armada de grandes maestros soviéticos. No solo lo ganó, sino que consiguió una puntuación de 8,5/9, lo que significa que batió a todos sus rivales menos a uno, con el que quedó en tablas. Este hecho sin precedentes se denominó “Il sacco di Roma”, en recuerdo de otro “sacco” que perpetraron las tropas imperiales en el siglo XVI en la misma ciudad eterna. Hasta hace bien poco, ha sido la puntuación más alta conseguida por una mujer en un torneo, y una de las mayores sin importar el sexo.
Pero László quería un campeón del mundo. Sabía que, siendo mujeres, tenían muchas puertas cerradas, por lo que decidió intentarlo a ver si les tocaba un varón. La suerte, sin embargo, les trajo otra hembra, a la que pusieron por nombre Judit. Entonces los Pólgar lo vieron claro: sus hijas no volverían a concurrir en un campeonato solo para mujeres. El ejemplo de sus dos hermanas sirvió para cambiar las normativas, y, aunque con dificultades, comenzaron a abrirse los torneos.
A Judit la entrenó Szusza, ya entonces mejor jugadora que su padre. Según dicen sus dos hermanas, de las tres es la que posee un talento natural menos elevado, pero en cambio es la más trabajadora. Si ya las otras dos eran buenas, Judit fue mucho mejor. Se convirtió en la persona (sin importar el sexo) más joven de la historia en ser “Gran Maestro”, una marca que indica el nivel máximo de un jugador. Tenía solo 15 años, y había desplazado en ese récord al mayor mito de este deporte: Bobby Fisher. A partir de aquí su carrera fue meteórica. Se situó durante muchos años entre los 10 mejores jugadores del mundo (de nuevo, sin importar el sexo) y obtuvo resultados espectaculares en todos los torneos en los que participaba.
László Polgár tenía una intuición, creó un método y lo demostró en la práctica. Sus propias hijas son el ejemplo, pero no solo ellas: otros dos grandes maestros húngaros, Péter Lékó y Ferenc Berkes, se educaron de similar forma. Pero, ¿qué hay de sus vidas? ¿No habrán sacrificado su felicidad, su desarrollo emocional, su capacidad para vivir en el mundo, por culpa de una educación tan extraña y de una obsesión por la competición y la excelencia?
Las que las conocen, que son muchos, puesto que conceden muchas entrevistas, aseguran que son personas simpáticas, alegres y muy sociables. Las tres se han casado (Zsuzsa dos veces), y la mayor y la pequeña tienen cada una dos hijos. Zsuzsa dejó la competición después de 5 medallas de oro en olimpiadas de ajedrez y de ser campeona del mundo en 4 modalidades distintas.
Actualmente vive en EEUU, centrada en una fundación que enseña ajedrez a niños y niñas. Zsófia, la “rebelde” del trío, estudió arte y diseño en Israel (esta vez, sí, en una escuela “normalita”), y vive en Toronto con su marido centrada en el mundo del arte.
Como ella dice, “a todas nosotras nos trataron de la misma manera, pero por supuesto las circunstancias siempre cambian con el tiempo. Personalmente, yo necesito descubrir nuevas cosas constantemente. El ajedrez es fantástico y me ha dado mucho, pero hay muchas otras cosas que descubrir”.
Judit es la única que sigue en activo. Durante su maternidad, su rendimiento en los torneos descendió, aunque tampoco pareció importarle: “es complicado organizar vida personal y profesional, pero intento hacer lo posible para compaginar la atención a mis hijos con la participación en torneos importantes. Soy feliz con el ajedrez y con mis hijos, pero es difícil organizarlo todo”.
A pesar de ello, sigue siendo la mejor ajedrecista (mujer) del mundo, y puntualmente aparece en las listas como uno de los 40 mejores jugadores sin importar el sexo. A Judit se le reconoce por su estilo abierto y creativo. Juega siempre a ganar sin que la derrota le importe: “se puede decir que en las últimas décadas el ajedrez se ha convertido más en un deporte que en una ciencia. Yo lo veo más desde un punto de vista artístico”.
Las tres son conscientes de ser parte de la historia: son el resultado de un experimento educativo y han roto barreras de sexo que antes de ellas parecían infranqueables. Sin embargo, lejos de los estereotipos, son personas muy normales que han elegido su camino en la vida.
Imagen de ChessNetwork reproducida bajo licencia CC.
Visto en: www.yorokobu.es 

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