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sábado, 19 de octubre de 2013

El ángel de la ruta 66

Seligman es un pueblo perdido en Arizona, un estado que a la vez está casi perdido en la inmensidad del sur de Estados Unidos. En Arizona hay muchos cactus, reservas indígenas, desierto, más desierto y, por una casualidad tal vez divina, el Gran Cañón. Ese concepto es, seguramente, rebatible. Pero para efectos prácticos diremos que Seligman es la nada casi a la mitad de la nada.
Esto no siempre fue así. Antes era una ciudad pequeña pero populosa por donde pasaba la Ruta 66, esa autopista mítica por donde lo mismo avanzaron carretas en la Gran Depresión que fue la inspiración para una canción de Nat King Cole. Nació en 1926 y fue la gran carretera estadounidense: atravesaba todo el país, desde Chicago hasta Los Ángeles, y estaba llena de negocios, restaurantes y estaciones de servicio. Fue llamada La Ruta Madre hasta que los gobernantes de ese país decidieron cerrarla en los ochenta para cambiarla por autopistas modernas. Ya no funcionaba y era desechable.
Los pueblos por los que cruzaba se quedaron sin visitantes y, después, sin habitantes. Podría escribir mucho más acerca de eso, pero los genios de Pixar ya sintetizaron todo ese drama en tres minutos de la película Cars.
No vale la pena hablar más al respecto. Lo que sí vale la pena es hablar del hombre que ayudó a resucitarla. Le llaman ‘El ángel de la Ruta 66′. No se rompieron mucho la cabeza con el apodo: el hombre se llama Ángel Delgadillo y fue el encargado de poner a la Ruta 66 —y a Seligman— de nuevo en los mapas y en los destinos turísticos.
Ángel es un hombre de sonrisa permanente al que le encanta que le tomen fotos y la atención de los turistas. Ahora tiene una tienda de souvenirs en Seligman, donde a diario se detienen decenas de personas con cámaras colgadas del cuello para comprar algún souvenir carísimo (y hecho en China) y platicar con “el ángel”. Pero antes de tener una pared tapizada con recortes de notas periodísticas que le han publicado en todo el mundo, tuvo que pasar por muchos años difíciles.
Nació en 1927 y creció junto a la ruta. Vio, durante la Gran Depresión, la migración de la gente pobre del Oeste hacia California. Después, cómo pasaban mercancías y soldados durante la Segunda Guerra Mundial. La ruta, dice, era su vida. Así que cuando la cerraron, cuando quedó en el olvido y la gente con la que creció comenzó a irse, decidió hacer algo al respecto.
Durante 10 años intentó —mediante cartas al Gobierno federal, estatal, al Congreso, los medios…— que las autoridades le dieran el estatus de ruta histórica. Mientras eso sucedía muchos sectores de la Ruta Madre fueron, literalmente, desapareciendo. En 1989, después de recibir cientos de papeles y cartas, alguien en el Gobierno de Arizona —uno de los ocho estados por donde pasaba la carretera— entendió que se estaban perdiendo de un gran negocio y decidieron volverla “Ruta Histórica”.
Sí, un negocio. La ruta en realidad sigue tan mal trazada como antes y pocos autos pasan por ella. Pero se pueden ver muchos autobuses llenos de turistas con pantalones cortos y lentes para sol que paran en pequeños pueblos que sobreviven de la venta de souvenirs o de la nostalgia. Después de Arizona, los otros estados también decidieron volverla un patrimonio del país.
De los pueblos de Arizona, Seligman tiene a Ángel, Kingman un museo —si se le puede llamar así— de la ruta, Oatman promociona sus “burros salvajes” y así a lo largo de ciertas partes de la carretera que fueron reabiertas. Ahora turistas europeos hacen tours donde les rentan motocicletas Harley Davidson para recorrer la Ruta Madre. Todo es una enorme tienda de memorabilia, todos sobreviven de los recuerdos.
El discurso que Ángel repite a los turistas define mucho de la ruta y también de Estados Unidos. Mientras le toman fotos o vende souvenirs, dice: “Esta es una historia de cómo este país entendió su historia, de cómo no dejó que muriera, de cómo preservó su pasado”. Los turistas sonríen y, después, siguen comprando. Cinco minutos después subirán a su autobús, que los llevará a otro pueblo perdido en un estado casi perdido donde habrá más cosas que podrán comprar. No los culpo: yo también compré un cenicero, una botella de soda y una placa con el logo de la carretera legendaria. También tengo una foto con Ángel.
“Get your kicks on route sixty-six”, decía la canción de Nat King Cole. Hazlo, recórrela, pero no olvides llevar los dólares suficientes como para poder comprar un poco de nostalgia.
Mael Vallejo es periodista de la Ciudad de México. Su twitter es @maelvallejo.

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