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viernes, 8 de febrero de 2013

Los tarahumaras, indios ultramaratonianos de México que baten todos los récords

¿Se cree usted un atleta porque corre maratones? ¿Maratones de cuarenta y dos kilómetros? Ja, ja, ja, ja. ESO NO ES NADA.
 Escondidos en las montañas de México habitan los tarahumaras, superatletas naturales que fatigan distancias de cien, doscientos  o trescientos veinte kilómetros SEGUIDOS corriendo dos días ininterrumpidamente para llevar cosas, comunicarse o cazar. Estos indios, observados desde hace años por etnógrafos indigenistas como Carl Lumholtz, corren descalzos asimismo por motivos ceremoniales, por competición o (como algunos creemos) por vacilar a los corredores occidentales que llevan décadas mirándolos con asombro.

DÓNDE

Los tarahumaras (que no se llaman tarahumaras sino rarámuri, literalmente: la gente que va rápido) viven en Sierra Madre, la espina dorsal de México, a altitudes de hasta dos mil metros, lo que convierte sus hazañas en todavía más increíbles. Difíciles de localizar y esquivos por naturaleza, baste decir que coincidieron geográficamente con las explotaciones de minas de Chihuahua y con las cristianizaciones jesuitas y que incluso en 1648 estuvieron directamente en guerra con España. Que a nadie le extrañe pues que se hayan convertido en un pueblo desconfiado y escurridizo. Y escaramuzas estos últimos años de varios listos estafándoles para hacerles competir en ultramaratones norteamericanas a cambio de sacos de trigo no les han hecho precisamente más sociables. El que la zona, escarpada y hostil, esté llena de narcotraficantes de coca y marihuana poco amigos de compañía (o molestos testigos), hace que no sea tampoco precisamente turística.


CÓMO

Los rarámuri no llevan un calzado especial y caminan con sencillos huaraches (sandalias) que usan para todo.  El resto de su vestimenta es muy aparente, con blusas amplias de vivos colores, sarapes, pantalones muy cortos y cintas en el pelo. Aparte de correr por otros motivos también tienen un deporte llamado rarajipari, donde golpean con los pies una pequeña pelota de madera desde ochenta a ciento y pico kilómetros durante jornadas enteras, dejando las interminables carreras de Oliver y Benji doblando el mundo al nivel de futbito alevín.
Su alimentación se basa en sus cultivos de maíz (que toman molido con agua), frijoles y calabaza. Y extraen las proteínas de la carne de pollos, cabras y, muy a menudo, ratones a la brasa. También hacen una cerveza casera bastante ligera pero que trasiegan en enormes cantidades hasta caerse. Práctica que les convierte en humanos durante un rato. Poco rato, porque pueden levantarse al cabo de tres horas y ponerse a correr doscientos kilómetros sin aparente resaca. También se juntan en ocasiones especiales, toman su cerveza y otras bebidas fermentadas y se desahogan preparándolas pardas en kermesses que pueden durar días.

¿POR QUÉ?

Esa es la pregunta que acibara a los corredores del mundo. Atletas de muchas partes del globo acuden a competir contra atletas ya legendarios como Arnulfo Quimare o Cirildo Chacarito, ganador de la ultramaratón de cien millas (¡ciento sesenta y un kilómetros!) de Leadville (Colorado) en 1994 y de la de San Gabriel en California (de la misma distancia) en 1997. Aparte de no saber por qué empezaron a correr de esa manera, los rarámuri gozan de un gran sentido del humor, una inteligencia por encima de lo normal y son cariñosos y trabajadores. Por eso todos los corredores de fondo del mundo, después de conocerlos y tener el privilegio de correr con ellos, llegan a la misma conclusión: la madre que los parió.

 



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